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6 de diciembre de 2007

Seminario "Estético-política del Nuevo Cine Latinoamericano: ciudades, culturas, imaginarios sociales "

Los imaginarios del cine latinoamericano están indisolublemente ligados a la realidad social explosiva, turbulenta, y atroz que viven nuestros países. Decidido a escapar del realismo chato, el cine de nuestras regiones se pregunta hoy cómo narrar esa realidad; cómo articular lo local con lo global, particularmente desde la estética; cómo dar cuenta de los cambios de la sensibilidad actual y de los lenguajes posmodernos de nuestra época.

Hay un nuevo neorrealismo en el cine latinoamericano y también un nuevo tipo de realismo social que bien podría ser llamado "hiperrealismo posmoderno". El cine se debate entre incorporar el lenguaje del documental sin maquillar la realidad, usar personajes reales en vez de actores, escenarios de la calle y no locaciones; o, por el contrario, apelar al artificio técnico de un Tarantino o un Scorsese, o a la estilización plástica de un Almodóvar.

Los desencantos políticos, las contradicciones de clase, las ciudades, los conflictos urbano-marginales, la corrupción, el narcotráfico, la violencia en todo su poder y miseria, son los temas centrales de muchas películas del continente. ¿Una violencia espectacularizada, neutralizada? ¿Porno miseria estética? ¿O una búsqueda auténtica de una mirada compleja, palpitante, representativa?

Este será el rumbo del debate estético-político del seminario de cine.

PELÍCULAS
La vendedora de Rosas (Colombia, 1998)
Ratas, ratones, rateros (Ecuador, 1999)
Amores Perros (México, 2000)
Tinta roja (Perú/ España, 2000)
La Virgen de los Sicarios (Colombia/ Francia/ España, 2000)
Ciudad de Dios (Brasil, 2002)
El Bonaerense (Argentina, 2002)
La Sagrada Familia (Chile, 2004)
La Fiesta del Chivo (República Dominicana/ España, 2005)

Libro de referencia: “Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad”, Néstor García Canclini, Gedisa, 2004 (disponible en Mr. Books).
Material teórico en relación a este libro y a las teorías de otros autores, así como crítica de las películas, se publicará en este blog.


GALERÍA DE ARTE DPM: Circunvalación Sur 111 A y Víctor Emilio Estrada - Telef: 2888099
DURACIÓN: 20 HORAS - Del 19 de julio al 16 de agosto.
HORARIO: Martes y jueves de 5 a 7 pm.

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3 de diciembre de 2007

Seminario "CUERPO, DESEO Y PODER EN EL CINE ERÓTICO Y QUEER"

GALERÍA DE ARTE DPM: Circunvalación Sur 111 A y Víctor Emilio Estrada - Telef: 2888099
DURACIÓN: 20 HORAS - Del 29 de mayo al 28 de junio.
HORARIO: Martes y jueves de 5 a 7 pm.

Hablar de sexualidad no es solo hablar de sexo, sino de todo el imaginario social construido alrededor del cuerpo, la genitalidad, el deseo, y que involucra ciertas formas, olores, músicas, ademanes, temperaturas, texturas y - en nuestro tiempo - también a los medios masivos y digitales. Vivimos en una época de hipersexualismo provocado por los medios. Sin embargo, tenemos una historia emocional clandenista que aún está por revelarse: la historia de las aspiraciones sexuales de los hombres, disociadas de sus personalidades públicas; y de las aspiraciones sexuales de las mujeres, reprimidas tanto en la realidad como en la ficción.
El cine, por su riqueza de lenguajes y su capacidad de identificación sicológica, es un campo fascinante para el estudio de los imaginarios sexuales. A diferencia de la palabra oral o escrita, el cine muestra antes que cuenta. En esa tiranía de la imagen, en la que cada emoción y sensación deben ser representadas, yace, sugerida, la historia clandestina de nuestra sexualidad, tan ligada hoy al goce de la mirada.
Objetos de polémica, censura, placer, el cine erótico y el cine queer (gay, lésbico, transexual) han mediado con los géneros, los estereotipos, las prohibiciones y las fantasías, para darle forma al deseo. Muchas veces han caído en las trampas de la ideología; pero, otras, han logrado trascenderla.
El propósito de este curso es analizar la dimensión ideológica y artística de algunas de estas representaciones en la posmodernidad, de la mano de teorías contemporáneas en torno al cuerpo, el poder y la sexualidad.

PELÍCULAS
El último tango en París de Bernardo Bertolucci – Italia/Francia (1972)
Sexo, mentiras y videos de Steven Soderbergh – EEUU (1989)
Jamón Jamón de Bigas Luna – España (1992)
El amante de Jean Jacques Annaud – Francia (1992)
No se lo digas a nadie de Francisco Lombardi - Perú /España (1998)
Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar - España (1999)
Intimidad de Patrice Chérau – Francia (2001)
Guardando las apariencias de Alice Wu – EEUU/China (2004)
El secreto de la montaña de Ang Lee - EEUU (2005)
Diario de un escándalo de Richard Eyre - Reino Unido (2006)

Los participantes tendrán acceso a copias de todas las películas. En clase se debatirán las teorías y se revisarán escenas escogidas. El material de lectura estará disponible en este blog.

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2 de diciembre de 2007

Seminario "Feminidades en el cine posmoderno de mujeres"

Posfeminismo, “coñocentrismo”, pospornografía ... Algunas autoras sostienen que el feminismo ya va por su quinta ola... El cine, crucial espacio de representación dominado historicamente por la mirada falocéntrica y diseñado para el placer masculino, está siendo reformulado por la incursión decisiva de directoras mujeres posmodernas y posfeministas.

Hablar de arte o de cultura posmoderna implica no solamente situar a esas manifestaciones en el tiempo (se dice que la posmodernidad tuvo lugar en los 70), sino también hablar de una forma de ver y sentir el mundo, una forma de hacer arte, una forma de narrar.

En el cine, todo debe ser estudiado: el encuadre, el diseño de luz de una escena, los planos en que se fragmenta la historia, los diálogos, los ruidos del ambiente, el vestuario y la atmósfera, la música, la rapidez de los cortes. Todo narra, hasta los silencios. Todo responde a una época, una cultura, una estética, una política, una lectura del cine, una forma de producción –que es también una estética y una política-, y una visión de género.

Hablar de feminidades significa reflexionar sobre la construcción de la mujer y de lo femenino en una sociedad determinada (ver artículo sobre la feminidad). Indagar y “deconstruir” qué tipo de mujer “ideal” desea y promueve esa sociedad, tanto en lo físico como en lo sicológico. Es terrible descubrir cómo algunos de estos ideales no cambian con el tiempo y atraviesan las épocas y las culturas. La película Marie Antoinette de Sofía Coppola muestra la vigencia y desoladora actualidad del ideal femenino de la Ilustración, inclusive la música pop de la banda sonora pone en tiempo presente el drama de esa reina adolescente que es su protagonista.

Lo interesante del arte y el cine producidos por mujeres –más allá de su intención, como todo en el arte- es que, de muchas maneras, algunas de estas autoras cuestionan los ideales de feminidad tradicionales. ¿Por qué los cuestionan? Porque limitan, oprimen, reducen; al igual que los ajustados corsés que se popularizaron en la Edad Media y que impidieron que las mujeres de esa época practicaran cualquier tipo de deporte. Porque, además, son estereotipos y, como tales, le hacen un “flaco favor” a la compleja condición femenina: “maldefinen”, “malogran”, “maleducan”. Por eso, algunas películas como “Fóllame” llegan a la metáfora narrativa violenta y pornográfica (pospornográfica, en realidad), como una forma de subversión radical ante esos estereotipos y limitaciones.

Este fue el tema central de un curso que impartí del 22 de marzo al 3 de mayo. El objetivo era analizar películas de escritoras y directoras que han trascendido en la historia del cine con personajes femeninos más humanizados y más complejos que los estereotipos frecuentes en el mainstream comercial. Historias de mujeres desde otra óptica. Cuerpos femeninos no fetichizados. Un nuevo lenguaje que se expresa en todos los niveles de la narrativa cinematográfica.

PELÍCULAS ESTUDIADAS (hay artículos sobre cada una de ellas en este blog):
* Retrato de una Dama de Jane Campion (UK/USA)
* Antonia's Line de Marleen Gorris (Holanda, Bélgica, UK)
* Las Bordadoras de Eléonore Faucher (Francia)
* En algún lugar de África de Caroline Link (Alemania)
* Te doy mis ojos de Iciar Bollaín (España)
* La Niña Santa de Lucrecia Martel (Argentina)
* Fóllame de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi (Francia)
* Marie Antoinette de Sophia Coppola (Japón, Francia, USA)

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2 de agosto de 2007

Amores perros o hasta en las mejores familias

Un accidente automovilístico en una colonia del Distrito Federal crea la coincidencia oportuna para que la vida de tres desconocidos se entrelace y para que, en el nervioso estilo narrativo de un director de comerciales kitsch, como González Iñárritu, se cuenten los dramas y miserias de los "amores perros" que han marcado las vidas de un lumpemproletario de nombre Octavio (Gael García), un ex convicto apodado "El Chivo" (Emilio Echavarría), desecho de sus ideales de juventud militante marxista, y una modelo en el punto más alto de su carrera (Goya Toledo), relacionada con un director de revista de chismes artísticos que deja a su familia por el cuerpo que pregona un perfume.

La estructura del filme recuerda ligeramente la labor del nunca suficientemente ponderado y genial Robert Altman (Nashville, 1975, y Short Cuts, 1993), que un par de veces ha experimentado con el seguimiento de personajes que casualmente se cruzan caminos en el escenario de la vida, aunque en el caso del director americano ha llevado su propuesta tan lejos como pueda concebir la imaginación más febril, al seguir hasta veinte o más protagonistas en cada film, formando una telaraña que sorprende al espectador y que, a diferencia del trabajo de González Iñárritu, no arrastra jamás connotaciones morales de ninguna especie.

Las tres historias son disparejas en su ejecución y se nota una cierta torpeza narrativa, especialmente en la historia del fallido romance entre Valeria (cuya etimología engaña: el personaje debió llevar más bien el nombre de Vannessa) y el ejecutivo Daniel (Alvaro Guerrero), que deriva peligrosamente hacia el género de la telenovela, produciendo una propuesta de castigo a pecadores de la carne, aún más conservadora de lo que habitualmente se acostumbra hoy en los teleculebrones. El estilo visual es aquí particularmente conservador y no a tono con los personajes que supuestamente viven en el filo del glamour. Tampoco ayuda a esta historia el estirado desempeño de los actores, que jamás olvidan aún en los momentos más dramáticos que están ante la cámara.

La primera de las historias recorre el submundo de las apuestas ilegales en las peleas de perros, y quien mejor se desempeña es sin duda el perro Cofi, que habla de un entrenamiento extraordinario no forjado en las escuelas de fatuo talento actoral de Televisa. Octavio desea a su cuñada Susana (Vanessa Bauche) con una pasión enfermiza que le lleva a pretender la bíblica conducta de Caín para desembocar en la tragedia de perder a su compadre, a su mascota y enfrentar finalmente el abandono de su amada, quien se embolsará el dinero con el que su cuñado ha pretendido comprarla, prefiriendo velar por la permanencia del nombre de su difunto y violento esposo muerto en un asalto bancario.

La tercera historia es mucho más interesante y protegida por el magnífico desempeño artístico de Emilio Echavarría ("El Chivo"), de quien esperamos saber más en adelante, pues su soberbio personaje sobresale verosímilmente dentro de toda la película. Debemos reconocer, por otra parte, que al director no le habrá sido fácil hacer una película con un solo actor y tantas comparsas.

Ganadora del Premio de la Crítica de Cannes otorgado por la prensa, la película plantea una serie de problemas interesantes sobre el presente y futuro del cine nacional. El autor de esta crítica se pregunta: ¿qué es lo que ha premiado la prensa en el laureado festival? Sospecha que la mirada que ha decretado la obtención del preciado galardón haya sido la misma de los voyeristas aficionados a programas producidos por National Geographic. Estos antropólogos aficionados disfrutarían quizá del mismo modo los Talk shows latinos al estilo de Cristina, Cosas de la vida y Hasta en las mejores familias, programas televisivos donde la única protagonista es la miseria humana y donde llaman a sus víctimas a declarar ante el público, en un afán catártico prefreudiano, sus pecados y desgracias, borrando el diván psicoanalítico y la intimidad que éste supone en beneficio del grito estentóreo y el morbo que se asocia al enorme rating de estos lamentables espectáculos. No es difícil imaginar a Octavio, su mamacita y su cuñada en un panel televisivo titulado: "Yo sí deseo a mi cuñada", gritándose injurias ante Carmelita Salinas, mientras el jurado deforme -reclutado por algún descendiente de Tod Browning- señala que: "...no es justo que atormenten así, a los perros que no tienen ninguna culpa".

Ya en 1950, Buñuel obtuvo la Palma de Oro en Cannes con la exhibición de una película, Los Olvidados, que había pasado en la cartelera nacional sin pena ni gloria, pero que descubrió al mundo al director hispano-mexicano. En este film, la desdicha y el infortunio de los más necesitados golpeaba al espectador, demostrando, a contrapelo de las tesis de la "época de oro del cine nacional", que los pobres no son siempre alegres y sinceros, y que la tragedia está a la orden del día entre los miserables. La obra se encontraba salpicada de imágenes surrealistas que maravillaron al mundo y que ponían al descubierto la imaginación sin límites del director.

La fórmula de González Iñárritu parecería ser nuevamente la de mostrar el desamparo y desesperación de los pobres en un contexto de ambigüedad moral. Ha puesto desgraciadamente en el lugar de nacos a fragantes actores de telenovelas, en un film que huele desde el comienzo a un proyecto publicitario fríamente calculado para vender no sólo las imágenes sino la música preestablecida de Control Machete, Julieta Venegas, El Gran Silencio, Illya Kuryaki y Zurdoc asociada a las situaciones y personajes. Es curioso ver cómo el autor del filme muestra a la televisión para la que ha desempeñado gran parte de su trabajo como una caja idiota destinada a estimular la estupidez y, en el colmo de su arrogancia, llega al suicidio intelectual de mostrar su propio trabajo en un video de identificación de canal amplificado para el espectador de cine. El episodio del ejecutivo y su querida sobra, como no sea para demostrar que Los ricos también lloran. Más de uno hubiera deseado la inclusión de una escena en la que las ratas se comieran a los dos, en un castigo divino derivado de sus pésimas actuaciones.

La película es un film sobre nacos para estimular el morbo de la gente decente y desarrollar las alabanzas de los críticos a sueldo de la televisión. Sigue en su trayectoria la exploración de los mundos heterogéneos de los que se conforma la urbe de pesadilla llamada Ciudad de México, con sus más de veinte millones de almas prendidas de una viscosa atmósfera, y que algunos cineastas ya no tan jóvenes tomaron como objeto temático en los años setenta. Lo hace en un estilo aromático que el cine español explotó con éxito cuando estaba al borde de una crisis profunda y de su virtual desaparición. Almodóvar, Vigas Luna y otros descubrieron que bajar a la marginalidad y sacar las perversiones e inmundicias de la ciudad vende al espectador medio, a un precio módico, una excursión por un mundo curioso y apasionante que no se atrevería a explorar personalmente. El director, conocedor del mercado publicitario, ha calculado sin duda con maestría la rentabilidad de su producto. La contracultura ha sufrido finalmente el proceso de asimilación inevitable que la sociedad capitalista tardía impone a todo lo que en ella nace y toca, y ahora es un modo a imitar por los jóvenes yuppies y clasemedieros que pueden pagar la entrada a Cinemark.

No preocupa la película en sí, sino los efectos que pueda tener su premiación en la dirección del futuro cine independiente e industrial. No se trata de un cine de ideas sino de imágenes provocativas en el que la forma está siempre sobre la esencia. Por momentos se tiene la sensación de que se trata de un inmenso e interminable videoclip, y de seguro en MTV veremos después algunas imágenes.

Desearíamos que en el futuro los jóvenes realizadores y guionistas estuviesen menos atentos a los resultados de taquilla y la atención del público para mirar más sobre la interioridad en la construcción de los personajes, y que hicieran un cine que se atreva no sólo a mostrar que el motor de la historia es el azar como lo quisieran algunos posmodernos, sino que, como el cine brasileño de los setenta y ochenta, denuncie en forma menos gozosa y más poética la violencia y miseria humanas.

Julio Ortega Bobadilla
http://psicomundo.com/foros/cine/amoresperros.htm

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1 de agosto de 2007

Amores perros: pericia visual y astucia narrativa, pero...

Hay una forma de la inseguridad que se disfraza de grito y estallido para confundir al enemigo. Es el método que han practicado los directores mexicanos debutantes en los últimos veinte años, ante el temor justificado de que su ópera prima sea también la última: en caso de duda, echar toda la carne al asador. El cine reciente está lleno de piezas sin consecuencia, aun en los contados cineastas que han subido el segundo peldaño, el cual no guarda relación ni siquiera con el anterior (Lolo y Fibra óptica de Francisco Athié; Hasta morir y Todo el poder de Fernando Sariñana; La mujer de Benjamín y La vida conyugal de Carlos Carrera). Sólo el afán celebratorio derivado de la feria de los "millones de espectadores" y los demenciales taquillazos (en rigor sólo dos, Sexo, pudor y lágrimas y La ley de Herodes) en que la publicidad ha convertido al cine mexicano desde hace dos años puede transformar en fábrica de obras maestras una posindustria que no sale aún del síndrome de la ópera prima estridente; el caso más reciente, Amores perros, del ex conductor y ejecutivo radiofónico y publicista Alejandro González Iñárritu.

Amores perros es la colisión de infortunios en la nada sutil forma de un accidente de tránsito donde vuelan trozos de auto, las llantas se incendian, la pista sonora es una explosión de vidrios y fierros. En un cruce de calles cualquiera de la Ciudad de México, el joven y mísero Octavio (Gael García Bernal) se pasa un alto para escapar de la pandilla que le persigue por agredir a su abusivo líder; impacta su carro con el de la top model española Valeria (Goya Toledo), quien quedará lisiada de las piernas. Todo lo contempla El Chivo (Emilio Echevarría), pepenador amante de los perros. La película detallará la vida de cada uno hasta ese encuentro y después: Octavio, sin oficio definible, ama a su cuñada Susana (Vanessa Bauche), víctima sistemática de su esposo, el bestial Ramiro (Marco Pérez), cajero de supermercado, asaltante de farmacias y abusador de su mujer en sus ratos libres; Octavio descubre en el perro de la familia, El Cofi, atributos como perro de pelea y lo usa como su mina de oro para hacer dinero y fugarse con Susana, pero su hermano le gana la partida; el perro es invencible, hasta que el líder de una pandilla, harto de perder, pone remedio a la carrera de triunfos con un balazo. Huir de la pandilla y salvar al perro lo lleva al encontronazo con Valeria, quien convalecerá acompañada de su perrito faldero Richi en el departamento que le ha montado su amante Daniel (Álvaro Guerrero); éste acababa de abandonar a su familia para vivir su utopía última con la modelo y ahora la tiene en silla de ruedas. Richi se mete en un hueco en la duela del departamento y no encuentra la salida ni la encontrará en varios días, mientras la relación entre Valeria y Daniel se vuelve una pesadilla. Y sobre ambas historias ha flotado la presencia de El Chivo y su ejército de perros: es un viejo y greñudo pepenador a quien vemos ajusticiar de un balazo y sobre una mesa de tepanyaki a un señor trajeado, pero también le vemos seguir a una muchacha de clase media alta en quien de inmediato se adivina a su hija y, en consecuencia, al vacío existencial de su vida. El Chivo rescatará a El Cofi del encontronazo vial y lo curará, pero todavía debe cumplir una última misión mercenaria: un judicial nos informa que fue profesor universitario, guerrillero y preso político hasta volverse, por un lado, un nihilista, por otro un benefactor de los perros callejeros y, agrega el espectador, un añorante de su rol paterno.
La película no oculta su pretensión sociológica, su ambición panorámica de un estado de ánimo llamado "la Ciudad de México en tiempos de crisis", que le haría embonar con las estructuras narrativas de vasos comunicantes y multiplicantes del André Gide de Los monederos rotos, cuyo secreto cinematográfico parecen guardar y difundir Robert Altman (Nashville, Vidas cruzadas) y sus alumnos Alan Rudolph (Welcome to L.A., Los modernos) y el Paul Thomas Anderson de Magnolia. Pero tras la precisión del detalle social se esconde una lectura de clase muy semejante a la del maestro obvio de González Iñárritu, Arturo Ripstein: los miserables carecen de toda capacidad de discernimiento, de toda calidad moral para salir de su hoyo; ya puede Octavio pisar el acelerador, vengarse a navajazos, seguir en su cuñada a la mujer de sus sueños, su condición de clase lo condena, algo que a Ripstein le hemos visto hasta la fatiga (Mentiras piadosas, Principio y fin). De hecho, la historia de Octavio y El Cofi, a pesar de los tres años de elaboración del guión por cuenta de Guillermo Arriaga, recicla la historia rulfiana de "El gallo de oro", pero en un tono más miserabilista aún que el de la versión ripsteiniana, El imperio de la fortuna. En cambio, la clase media empresarial de Daniel y el propio Iñárritu, quien hace ahí un bit hitchcockiano, puede tener un destino paradójico, pero con la mirada en alto contra la adversidad que el viejo cine mexicano le reservaba a los pobres del arrabal, y al universitario guerrillero devenido en matón, el México de la crisis le reserva la redención final tras tantas décadas viviendo en el error.
La película no sobrevive del todo a las astucias narrativas de Arriaga y los prodigios fotográficos de Rodrigo Prieto; el tono vertiginoso y brutal de la historia de Octavio contiene además al personaje más interesante por irónico, el hermano asaltante dueño de la mejor frase de la película: "Después de este asalto me largo de aquí. Esta ciudad cada vez es más insegura". Pero todo el episodio ayuda cada vez menos a sostener el inexistente ritmo de la película; la historia de Daniel y Valeria cae en lo estúpido con velocidad (¿por qué no llaman a una casa dedicada a la instalación de duela para rescatar al perro y se quitan de tragedias?) a la que no ayuda lo inverosímil de que Guerrero desate pasiones en una top model. La película no se recupera del daño ni con la notable actuación final de Echevarría y, justo es decirlo, del perro Cofi, pero Iñárritu ha desplegado tal pericia visual, ha guardado tantos ases en la manga para la última historia, que termina creando la ilusión de una pieza redondeada... por si fuera la última vez. -

Gustavo García
http://www.letraslibres.com/index.php?art=6417

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30 de julio de 2007

Ratas, ratones y rateros: escupir al cielo

Quisiera argumentar que la película Ratas, ratones y rateros de Sebastián Cordero (1999) es la primera película ecuatoriana que pretende mapear audiovisualmente al Ecuador y para hacerlo, adopta lo popular-juvenil como punto de fuga de su narración. Cuando Cordero jerarquiza al país, lo divide y reconstruye fílmicamente, no lo hace con una estructura de dominación y representación en mente. No busca establecer una columna vertebral, una columna ecuatorial, donde cada actor del drama nacional tenga un pie de entrada predeterminado. Una hendija propia. Más bien, y la propia estructura abierta de la narración lo permite, lo que la película establece como norma es la inestabilidad. La falta de identidad. Lo movedizo como momento histórico. La transición de un modo de vida a otro: la globalización y su reverso, el desmantelamiento de la tradición. ¿Pero de cuál?

(...) Lo popular, con su exceso, está constantemente amenazando el orden burgués en la película; la cultura juvenil a la "alta" cultura; la ratería a la ley; el mestizaje a una pretendida pureza racial; el deseo de dinero, de más dinero, a la tradición; la corrupción al derecho. Es sólo que todo, absolutamente todo, está corrupto en Ratas, ratones y rateros; lo único que varía es el grado de intensidad de esa corrupción. Como en el juego infantil de "Caliente, tibio, frío", esa intensidad, el apelativo de rata mayor se mide en grado ascendente hacia la violencia.
Caliente!, caliente!: asesinato
Tibio!: crimen
Frío: desolación.
En ese juego de violencia participan varios personajes. Brevemente: tenemos dos primos, uno de la sierra, Salvador, que vive con su padre y abuela inválida en el Sur de Quito, en las afueras o arrabales; viene a visitarlo su primo de la costa, Angel, de su misma clase social pero de otra etnia (que se diría, más oscuro), drogadicto y ladrón, que viene huyendo y perseguido por un crimen que cometió en Guayaquil. El primo serrano pide ayuda a su prima de clase alta , Carolina, (que se diría, más blanca), que vive en el Norte. Esos son los personajes centrales; alrededor de ellos se trama la historia que envolverá a todos en un espiral de violencia y muerte y que en todo momento girará alrededor del personaje de Angel, el detonante de toda la acción. Con varios elementos de un "Road movie", será para Salvador un viaje de descubrimiento.

Hay varias referencias de un tránsito de la inocencia hacia la madurez: en el principio de la película y cuando está a punto de entrar Angel al filme , Salvador fuma por primera vez , -¿Desde cuándo?, le pregunta su amigo sorprendido en el terminal de buses; tránsitos a cuasi-video clips musicales intensos y climáticos, Cordero intoxica a su público con el contacto fugaz de lo Real. (...)

Con un hábil manejo de la edición que fluye entre escenas de trance detenido a jump-cuts que aceleran la acción, la historia se narra en un continuo presente. La acción siempre se precipita hacia adelante. Y en ese discurrir frenético del tiempo, el espacio de lo Real irrumpe intercalado a la sobre exposición de la imagen que es parte de cada desesperado intento por evadir la realidad de Angel: cada vez que enciende su cigarrillo de base, de tóxico, el ritmo cambia, el exceso de luz borra los bordes de la realidad, y caliente!, caliente!, un nuevo asesinato se precipita. Es, pareciera ser, lo Real dejándose ver por un instante. Un instante que se hace imposible de sostener por parte de Angel - que lo desborda- : ver el futuro, el pasado, su presente: todo al mismo tiempo: el Aleph. El cegador contacto con lo Real. Que hipnotiza al público, que lo hace imaginar que puede identificarse con lo que ve en la pantalla. Dice Martín-Barbero que el cine media vital y socialmente en la constitución de una nueva experiencia cultural de lo popular urbano: el cine conecta con el hambre de las masas por hacerse socialmente visibles y al permitir al pueblo verse: lo nacionaliza. Pero detengámonos en la táctica de Cordero, ese momento de epifanía, el momento en que el tiempo deja de ser tiempo, de borramiento de bordes, en el que la luz invade la pantalla y un cierto aura cubre la acción: es también el momento en que el personaje central se droga. Se escapa de la realidad. Cinco veces durante el filme el pulso de la acción se acelera, una luz blanquecina inunda la pantalla y todo Ecuador se intoxica junto a Angel. (...)

RATAS Y RATEROS

En la tercera escena de la película, Marlon - el amigo y compinche de Salvador-
verbaliza la división que separa a Angel de su primo,
-No me gusta la onda del man.
-¿Y qué diferencia hay entre la onda del man y la nuestra?
-Que nosotros no nos hacemos cagadas.
El diálogo se lleva a cabo mientras los dos están robando las plumillas de un auto a punto de que Marlon rompa la ventana del mismo carro para robar el radio. El nos se pronuncia en el momento en que estalla el vidrio: como énfasis es muy efectivo. La sintaxis de los ratones es esa, cuidarse entre sí y cagar, pero sólo un poco, a los demás. Otra de las máscaras sintácticas de los ratones es la subversión. Son lo popular proponiendo una estética de lo vulgar frente a la torpe ética burguesa. Mientras roban, encuentran una pistola, encañonan al cuidador y escapan; el espectador vitorea sus logros. La música extra-diagética, Guajira Mora, funciona
como partitura de la acción y subraya el elemento popular/subversivo.

Si los ratones proponen una rabelesiana gramática jocosa, exenta de normas y decoro, juguetona y poco amenazante para el orden; las ratas se inmiscuyen en asuntos más graves y merodean las veredas del poder, rozando sus esencias: subrayando sus secretos. Transgrediendo sus tabúes. Amenazando a la ley. Así los señala Angel mientras cuenta la historia del dedo que le falta a su primo Salvador,
-No me quedó otra familia. Estaba en cana, el sapo del abogado me prometió que me sacaba, pero que necesitaba el billete para el juez. Si hasta el man mismo me consiguió una señora para que me preste. Y ahora tengo a todos los hijos buscándome para cobrar. Si el Estado es el corrupto mayor, qué le queda a la rata sino entrar en la trampa para luego tratar de escapar. En la trampa de la ley. (...)

Veamos otro ejemplo, esta vez de la corrupción de los ratones: de su sapada: de su viveza criolla. Marlon y Salvador intentan vender a un incauto chofer un tapacubo robado de su propio auto. El parlamento musical del grupo Tanque enmarca la escena: ¿Señor presidente, qué va a hacer con todo lo que acaba de robar? Y comienza la negociación,
- No le estoy vendiendo nada robado.
- Bueno, a ver, a ver, ¿ y cuánto?
- Ochenta no más.
- No, no, veinte.
- No pues jefe, eso no alcanza ni para el gas.
- Ya, cincuenta, ni para vos ni para mí.
- Bueno, ya.
- Está bacán, igualito a uno que tenía. Pondrasle bien,
para que no se me roben.
Todos contentos. El chofer cree que ha hecho un buen negocio, que se portó más vivo que el guambra, el guambra sabe que es más sapo que él. ¿Pero cuál de ellos es más gil, si el Presidente robó todo? La escena es casi un sketch, un guiño carnavalesco al espectador; una levedad que se irá perdiendo a medida que Angel se convierte en el personaje central de Ratas, ratones y rateros. En la medida en que la jerarquía de la rata se impone sobre la de los ratones. Pero hasta este punto de la cinta los pequeños crímenes de los jóvenes. (...)

¿Cuál es la relevancia de esta escena? Ya que no adelanta en nada la acción. ¿Mostrar una simbólica rebelión carnavalesca de los débiles y ubicarlos en las personas de Salvador y Marlon?, acaso; pero, si así, ¿quiénes serían los débiles? ¿Los que poseen poder económico o los que poseen viveza? O tal vez en esa propia ambigua relación es donde reside la noción de importancia. O acaso la relevancia está en los tapacubos, que podrían llegar a funcionar metonímicamente como circulante; en esos objetos que cambian de mano en mano y que al hacerlo se desfamiliarizan ante nuestros ojos. Dejando de funcionar como objetos referenciales: anulándose tanto como cosas como como signos. O el director nuevamente dejando la impronta de la imagen sobre la palabra, jerarquizando los elementos de su cinta. O marcando claramente la diferencia entre Angel y Salvador; entre las ratas, los ratones y los rateros.

LA RATA
Angel opera simbólicamente como el Diablo en la cinta. Y el ángel (caído) es dueño de muchos disfraces. Angel se transforma varias veces a lo largo de la película: en héroe, hijo pródigo, serpiente, visionario, amante, traidor, salvador. No sólo asume ciertos roles sino que se transforma físicamente: es el bacán, el rubio platinado, el sabroso, el vencido. En cada nuevo papel adopta otra careta frente al mundo, cada nuevo golpe provoca una contraofensiva.

Cuando derrotado y cercado, apela al amor que se debe a la familia, amor que ha pisado a lo largo de la cinta,
- ¿Qué crees, que yo he venido a joderte y ya?
(…)
- Hay que seguir adelante, si no, no estamos en nada.
(…)
- No te olvides que tú y yo tenemos la misma sangre.

Pocas escenas antes aparecía como el salvador,
- Oigan familia, tengo la solución a la profunda crisis económica financiera por la que atravesamos, people.
(…)
- Confíen en mí.

He inicialmente había llegado triunfador, un empresario del crimen,
- Oye, ¿te acuerdas de lo que te decía la última vez que estuve por acá?
- De lo de pensar más en grande, loco. Mira, lo que ustedes están haciendo ahora está bien hermano. Pero patearse plumas y aros es papaya. ¿Entiendes? Tienen ue tener más ambición, ustedes se juegan la vida por cuatro reales, como si fuera por cuatro melones.
(…)
- Aquí en Quito nadie me conoce y con ésto (señalando su pelo), ni hablar. Nos organizamos con un grupo de gente que no esté fichado por los rayas y nos hacemos el
billete, familia.
- ¿Qué tienes en mente?
- Autos, casas y hasta bancos si quisiéramos.

Las relaciones sociales de Ratas, ratones y rateros están todas atravesadas por el crimen, por la disolución, por la mercantilización. Las diferentes clases sociales sólo se rozan en ese contacto: J.C. comprándole armas y drogas a Angel, o proponiéndole que robe su propia casa, por temor a su padre; Carolina pidiéndole grifa a su primo, porque en su medio no podría conseguirla, ella mismo pasándoles billete a los chapas. para que no la lleven a la cárcel. La familia de Salvador rota, los lazos de confianza descompuestos,
- Acuérdate que (Angel) se robó la televisión, que era la única distracción que tenía tu abuelita.

El único grupo que pareciera formar una comunidad es la de los propios ladrones, que se cuidan entre sí. Claro, hasta que el dinero - la tentación de tener más de él- rompe las alianzas. El crimen no habla un lenguaje parroquiano sino globalizado y sus posibilidades son infinitas,
- ¿Para qué necesitas plata con tanta urgencia?
- Yo tengo que salir del país.
- ¿Para ir a dónde?
- A Colombia, a la Johnny.
- ¿Qué vas a hacer allá?
- Lo mismo, familia, lo mismo.
Ese lo mismo habla de un mundo mucho más grande que Ecuador. Un mundo igual pero diferente, donde las mercancías con las que escapa Angel al final de la película tendrán igual valor. Las mercancías son lo importante, no el sitio, ni la gente, ni el lugar. El crimen es un trabajo más,
- Nos sacamos la lotería Angel. Así sí se trabaja bien.
Y sin embargo la película habla de un sitio específico. De un país periférico donde la metamórfosis hacia el capitalismo se encuentra en plena marcha. (...)

El segmento final de la película entrelaza las historias de los dos primos. Mientras Salvador paralizado mira al vacío: su padre muerto, un cadáver bajo su cama, la abuela a su cargo, solo; Angel en el auto robado - suena la música extra-diagética de "Nuestro Juramento", el himno nacional ecuatoriano, en voz de J.J.- con las joyas y las pistolas en su poder, prende su tóxico y escapa. El mundo de Angel se impone, con su peso, como el de única viabilidad. El mercado como último horizonte.

Gabriela Alemán
Artículo editado. La ponencia completa, con citas y bibliografía, aparece en: http://www.edufuturo.com/imageBDE/EF/11295.ratas.pdf.

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26 de julio de 2007

La vendedora de rosas y la “justicia” para los desechables

La tasa de homicidios en Medellín es 22 veces mayor que la de Estados Unidos, que ya son palabras mayores. Esta ciudad del noroccidente de Colombia se ha ganado a bala y fuego el sobrenombre de metrallo , dado el extendido uso de metralletas. Tampoco hay que olvidar que en los años ochenta perecieron en las calles de Colombia 50 mil niños: “toda una generación se extinguió sin que nadie advirtiera su ausencia”: son “los desechables”. Apesadumbrado, el cineasta Víctor Gaviria fue madurando esta realidad que volcó de un golpazo en 1998 en La vendedora de rosas, una película descarnada que deja al rojo vivo la gran llaga de Colombia: los niños y niñas de la calle. Leidy Tabares, quien se interpreta a sí misma en el multipremiado filme, obtuvo el reconocimiento de la crítica, vivió por unas horas el glamour de las estrellas y fue objeto de múltiples entrevistas, pero su historia no es la de la Cenicienta ni terminó con el happy end de las películas de Hollywood.

Leydi Tabares es hija de una alcohólica que engendró siete hijos de siete padres diferentes. Cuando su madre descubrió que estaba embarazada en 1981, influenciada por la boda de Lady Di, decidió bautizarla con ese nombre. A los cinco años, Leidy Tabares salió de su casa huyendo de los golpes e insultos para perderse en la calles de Medellín. Jamás fue a la escuela y su único refugio era el solvente, dormía en las calles y a veces, cuando tenía dinero, producto de la venta de rosas en bares, podía alquilar un tugurio. Así vivió siempre hasta que a los 13 años, Gaviria la encontró para ofrecerle el papel de Mónica.

La película triunfa, es aclamada en Cannes y Leydi es designada mejor actriz, lo que de inmediato la convierte en el centro de las miradas y de las entrevistas: “por primera vez me sentí respetada. A través de nosotros y de la película, los niños de la calle de Medellín encontraron una dignidad que nunca se les había otorgado”, dijo a El País Semanal (25/01/04).

La película sólo le dejó mil euros y algo que nunca se le acabará: la satisfacción de sentirse reina por un día y tan poderosa que habló de fundar una corporación para ayudar a niños de la calle y a jóvenes prostitutas. Pero en cuanto se apagaron los reflectores que la siguieron en los festivales de cine de La Habana, San Sebastián, Bratislava... volvió a la calle a vender rosas. Cuando algunos periodistas conocieron su situación, una cadena televisiva recaudó dinero entre los espectadores para ayudarla a comprar la casucha miserable llena de humedad en la que vivía. Poco después se enamoró de otro hijo de la calle, pero el idilio acabó en tragedia: ella y su hijo presenciaron el asesinato de su compañero en su propia casa.

Más tarde vino un ofrecimiento para un pequeño papel en una telenovela. Seis meses después fue arrestada, acusada de haber pagado a un pistolero por el asesinato, el 26 de agosto de 2002, de Oscar Galvis, un taxista de 44 años, que Tabares asegura no conocer, y de robar el vehículo que conducía. Quien la inculpó aseguró que ella proporcionó los cuchillos a los adolescentes que lo llevaron a cabo, aunque el fiscal sostuvo que la víctima murió baleada.

A sus 21 años Leidy, madre de dos hijos, declaró tras su arresto domiciliario: “¿Por qué hizo eso el juez? Para dar ejemplo. Siempre llama a estos niños de la calle los desechables. La sociedad les teme y les odia. Así que ¿qué mejor forma forma de vengarse de ellos que castigar a la mujer que los simboliza, que con la película les devolvió la dignidad? ( El País Semanal, Ibid).

A pesar de que el proceso estuvo plagado de contradicciones y que la sentencia fue apelada, el Juzgado Segundo Penal del Cicuito de Bello la halló culpable de homicidio agravado y hurto calificado agravado y reiteró su condena: 26 años de prisión. Además de que deberá pagar una multa por perjuicios materiales.

Amalia Rivera
http://www.jornada.unam.mx/2004/04/05/articulos/68_vende_rosas.htm

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